miércoles, 11 de junio de 2014

Quién es Jorge Rial

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El libro “Periodistas en el barro”, de Edi Zunino es una radiografía de la guerra entre medios y periodistas en la Argentina de los últimos años. Esta Edición Final, de reciente aparición, amplía personajes, datos y batallas. Allí puede leerse el mejor perfil de Jorge Rial, su historia y su ascenso en el mundo del espectáculo y la política. Presentamos aquí un fragmento del “Caso Rial”.
El reality soy yo
Lo más escandaloso que tiene el escándalo es que uno se acostumbra.
Simone de Beauvoir
 —¡Vení, pegá! ¡Pegame! ¡Pegá, cagón!
Jorge Rial se lo gritó bajito, exponiendo apenas la mejilla derecha, los puños apretados allá abajo al estilo Nicolino Locche. El invitado a la piña nunca dada era Daniel Tognetti, conductor de Duro de domar, uno de los dos productos de Diego Gvirtz implantados en Canal 9, junto a Televisión Registrada. Hubo rumores de que los separaron antes de que la sangre llegara al río.
Ocurrió un mediodía de 2012. Mayo, para más datos. Hasta minutos antes, ambos periodistas habían confrontado posiciones en una mediación prejudicial. Tognetti reclamaba trescientos mil pesos por un intempestivo tuit de la cuenta @rialjorge, la más seguida del país:
“¿Tontognetti es el mismo que se hizo el boludo cuando echaron a Jazmín como un perro por orden de sus amos, no la defendió y ahora santifica?”.
La mencionada con nombre florido en esos ciento cuarenta caracteres era Jazmín De Grazia, una bella modelo de veintisiete años a la que, en febrero, habían encontrado muerta por sobredosis de cocaína en el baño de su departamento. Un año y medio atrás había sido despedida del programa, donde oficiaba de panelista freak. Las causas del adiós que te vaya bien nunca quedaron claras, pero se supuso con tono de certeza que estaban relacionadas con los desplantes de la chica contrarios al gobierno. Nada muy contundente había explicado Tognetti cuando prescindieron de ella, pero al enterarse de su trágico final la recordó como a una “divina” muy querida por todos. Y Rial, el capo del periodismo chimentero, descargó su hiriente parecer en Twitter.
La versión oficial de aquel fallido round con Tognetti la dio el propio Rial en su programa matutino en radio La Red:
— Quiero corregir algo: no nos separaron. Del otro lado nunca hubo una respuesta. Es un tipo temeroso. Muy macho con el micrófono y una cámara, pero cuando te enfrenta cara a cara, arruga. Y conmigo arrugó de una manera… ¿Pide trescientas lucas? Que pida lo que quiera. Pensé que íbamos a arreglar de otra manera. Nunca vi un tipo tan cobarde en mi vida, casi se pone a llorar. Yo no lo podía creer. Con la mitad de las cosas que le dije, otro tipo te pega un cabezazo. Se fue corriendo.
Debe saberse que Jorge Ricardo Rial fue criado a manguerazo limpio. Su mamá, Victoria, una inmigrante española con segundo grado completo, lo hizo crecer convencida de que un sopapo, quizás un cinturón bien puesto contra las costillas, pueden valer más que cien consejos. Una vez lo intoxicó con lavandina: le tiró un sachet con tal violencia, que el proyectil estalló y el líquido se le quedó impregnado al hijo único durante horas en el pelo y la ropa. Casi no cuenta el cuento. Por las noches le armaban la cama en el almacén donde Ramón, su padre, carpintero de oficio y también ibérico, se ganaba la vida peso a peso. Lo despertaban los proveedores. Un te quiero a papá hubiese pasado por simple mariconada. Si logró tener una pelota número cinco propia, fue gracias a la unidad básica del barrio, en Munro, donde decir “Perón” era una travesura cargada de futuro. El resto quedó en las inasibles manos de Jesús: los magros ingresos familiares alcanzaban para que la hermandad del Instituto La Salle, de Florida, se hiciera cargo de su educación formal. Le costaba horrores sentirse un par entre los nenes bien de una escuela privada. En los recreos conoció a Mario Pergolini, tres años menor que él. A los dieciséis consiguió el teléfono de Jorge Luis Borges y logró entrevistarlo para el boletín escolar.
Rial formateó su vocación periodística en el Instituto Grafotécnico, pero sobre todo escuchando Radio Colonia y leyendo Crónica. Héctor Ricardo García, creador de ambos éxitos memorables, es su único ídolo. Pero su gran maestro en la TV fue Lucho Avilés, con quien debutó en pantalla y del que fue aprendiendo todos los trucos para convertir cuatros de copas en enemigos bravos. Es que los programas faranduleros de la tarde funcionan, desde sus orígenes, como una prolongación exacta de las segundas marcas que los esponsorean: cumplen la misma función que los del prime time, entretener, pero con menor calidad y a más bajo costo. Nadie les pide información de alto vuelo ni estéticas sofisticadas. Las audiencias vespertinas de la tele, esclavas del encierro semanal en casa, buscan sobre todo matar el tiempo. Como si fuera caspa. O una mancha en el mantel. El fin justifica los precios.
El problema es que un día “Jorgito” se preguntó por qué no decidirse a ser “Havanna” de una buena vez. Es decir, a pegar el ansiado salto de lo común y corriente a lo premium que bien podría sintetizarse, como metáfora, en la distancia entre dichas marcas de alfajores. Sucedió justo cuando se encaminaba sin remedio hacia los cincuenta años y el kirchnerismo lo politizaba todo, empezando por los medios y los periodistas. Él incluido.

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